A veces cuando hablás, me parece soy sordo; ni en tus labios percibo movimiento, más bien son tus ojos, espejos de realidad que devuelven el reflejo de los otros, de todos nosotros.
Por qué será cosa tan natural robarle ilusiones a tu mundo, creadora nata de quimeras y dragones de papel.
Te escucharán acaso los dioses cuando rezas, predicando mordiscos de fantasía en esta cruda urbanidad.
Y es que resulta tan fácil descansar el peso en tus hombros, abrigar el alma bajo tu ala y hasta robar tus sueños para vivirlos de a ratos.
Pero cuanto pesar propio soporta un corazón, antes de desplomarse para siempre...
Desbordada un día del egoísmo humano, llegarás al único triste consentimiento: En un mundo de cobardes, los valientes mueren solos.
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