Desde aquí inspiro tu aliento, me consumo en el polo magnético de tus ojos abismales, en la estrella opaca de tus pupilas dilatadas, que me convocan con sincronización simbiótica entre tu naturaleza animal y tus pudores de inocente infante.
Desde allí sólo expiras tierra bajo tus pies, anhelando el abrazo halado hasta mi centro tibio que en tu sangre hierve cual salamandra voraz.
Sabes que soy lo que me pides a gritos mudos en la humedad de tus sentidos; sediento bebes el almíbar de mi voz; insaciable creas sueños rotos de desvergüenza en la prolongación de tu garganta árida.
Sabes que soy especialista en la materia de tus vicios enterrados en las profundidades de tu sordera.
Sabes, aunque no me veas, aunque no creas en mi, aunque adjudiques tu lujuria febril sólo a tus impulsos internos, que existo, que soy, que obedeces y aunque luego te desmayes en lágrimas, siempre agradeces.
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